Hippolyte Taine
de l’Académie française

VIAJE A LOS PIRINEOS
8e édition
Librairie Hachette
1880

pp. 196-200

Los Habitantes.

I

 

l día 8 de agosto, desde las nueve de la mañana, se oía a una media legua de Eaux-Bonnes el sonido agudo de un flautín y los bañeros se ponían en marcha hacia Aas. Seguimos allí por un camino estrecho cortado en la montaña Verde, sobre el que pendían tallos de lavanda y ramos de flores silvestres. Entramos en una calle de seis pies de anchura: la gran calle.
    Niños en gorro escarlata, asombrados de su magnificencia, estaban rígidos ante las puertas y nos miraban con una admiración muda. El sitio público está cerca del lavadero, grande como una habitación pequeña: allí es dónde se baila. Habían puesto allí dos toneles, sobre los toneles dos tablas, sobre las tablas dos sillas, sobre las sillas dos músicos, todo rematado con dos hermosos paraguas azules haciendo de quitasoles; porque el sol era de plomo y no había un árbol.
    Este cuadro era muy bonito y original. Bajo el tejado del lavadero, unas viejas apretadas a los pilares hablaban en grupo; un flujo claro salía y chorreaba en la acequia de pizarra; tres niños, de pie, abrían grandes ojos curiosos e inmóviles. En la senda, los jóvenes se ejercitaban en lanzar la barra. Por encima de la explanada, sobre puntas de roca que hacían de gradas, las mujeres miraban el baile, en traje de fiesta: gran capucha escarlata, blusa bordada y plateada, de flores de seda violeta; mantón amarillo con flecos; falda negra fruncida, ajustada al cuerpo; polainas de lana blanca.
    Estos colores fuertes, el rojo prodigado, los reflejos de la seda bajo una luz deslumbrante, ponían alegría en el corazón. Alrededor de ambos toneles se arremolinaba una ronda de un movimiento flexible, cadencioso, sobre un aire monótono y raro, acabado por una nota falsa y aguda, de un efecto sorprendente.
    Un muchacho en chaqueta de lana y calzón corto, conducía la banda; las muchachas iban gravemente, sin hablar ni reir; sus hermanas pequeñas, al cabo de la fila, probaban el paso con dificultades y la hilera de capuchas púrpura ondulaba lentamente como una corona de peonías.
     De vez en cuando, el jefe del baile soltaba bruscamente un grito salvaje y recordábamos que estábamos en la patria de los osos, en pleno país de montañas.
    Paul estaba allí bajo su paraguas, el aire encantado; su gran barba bullía. Si hubiera podido, hubiera seguido su baile.
    "¿Tenía razón? ¿Hay algo aquí que esté de acuerdo con el resto y donde, el sol, el clima, el suelo, no den la razón?"
    Estas gentes son poetas. Para haber inventado estos espléndidoss vestidos, hace falta que hayan estado enamorados de la luz. El sol del Norte nunca hubiera inspirado esta fiesta de colores; su traje está en armonía con su cielo. En Flandes, parecerían saltimbanquis; aquí son tan bellos como su país.
    Uno no percibe más los rasgos feos, las caras quemadas, las gruesas manos nudosas que le saludaban ayer; el sol anima el resplandor de esta ropa y, en este esplendor dorado, todas las fealdades desaparecen. Vi a gente reírse de esta música: "La melodía es" monótona, dicen, contra toda regla; y terminan, estas notas son "falsas". En París, puede; aquí, no.
    ¿Ha sentido esta expresión original y salvaje? ¡Cómo está de acuerdo con el paisaje! Este aire pudo nacer sólo en las montañas: el susurro del tamboril es como la voz lenta del viento cuando va a lo largo de los valles estrechos; el sonido agudo de la flauta es como el silbido de la brisa cuando se la escucha sobre las cimas despojadas; la nota final es un grito de gavilán que se cierne; los ruidos de la montaña se reconocen todavía, apenas transformados por el ritmo (sic) de la canción.
    El baile es tan primitivo, tan natural, tan conveniente al país como la música: van cogidos de la mano, girando en círculo. ¿Qué hay más simple? Así hacen los niños que juegan. El paso es flexible y lento: así marcha el montañés; ustedes saben por experiencia que, para subir, no hay que ir rápido, y que aquí las rígidas zancadas de un ciudadano lo echan por tierra.
    Este salto, que puede parecerle extraño, es una de sus costumbres, partiendo de uno de sus placeres. Para componer una fiesta, han escogido lo que encontraron de agradable en las costumbres de sus ojos, orejas y piernas.
    "¿No es la fiesta más nacional, más verdadera y armoniosa y la más bella que se pueda imaginar?"